Clases en Japon - Parte I

En el año 2014 viajé a Japón con el propósito principal de continuar con mis estudios de caligrafía japonesa a través de algún docente, y fue entonces cuando tuve la gran oportunidad de conocer a Hikita Masao 疋田雅夫, calígrafo y maestro de shodo.
   Nos hicieron pasar a un gran salón, con una mesa baja central, suelos totalmente alfombrados y con dos enormes altares budistas que nos hicieron sentir la presencia invisible de sus antepasados y también de su ya fallecido maestro, Tonomura Randen 殿村藍田. Nos acomodamos alrededor de la mesa, para luego proceder, como hacen en Japón, con la formalidad de las presentaciones (en japonés), algo que veníamos practicando durante el año en Madrid, y que, no sólo ayudó al maestro a saber más sobre todos los presentes, sino que fue recibido por su parte como un detalle a agradecer. 

Después de deleitarnos con una breve ceremonia del té (riquísimo el té matcha de Hiroko-san) en la habitación que disponen para ello (con su tokonoma, sus vistas al jardín interior de la casa…), pudimos hacerle entrega de los obsequios que trajimos desde España con mucho entusiasmo, y con el deseo de que fueran de su agrado. ¡Y parece que tuvimos éxito!, nos alegramos muchísimo de que todos aquellos dulces, vinos y licores, quesos, turrones y polvorones y, cómo no, jamón ibérico, no sólo llegaran sanos y salvos a su destino, sino que los recibieran con gran sorpresa y alegría.
   Mientras Hiroko-san se encargaba de adecentar de nuevo el salón después de nuestro paso por él, Hikita Sensei nos abrió paso a una pequeña sala que unía el recibidor con el gran salón. Una pequeña sala repleta de arte, reservada a la gran colección de piezas antiguas chinas relacionadas con su trabajo. A un lado de la puerta, una iluminada vitrina de cristal desbordada de piedras para tallar sellos, ordenadas y clasificadas con esmero para el deleite de quienes estuvimos allí. Aprovechamos el momento para hacerle algunas preguntas sobre el origen de dichas piedras y sus usos, y mientras nos explicaba, iba sacando otras piezas fundamentales en su colección, los suzuri. Hikita Sensei lleva viajando a China muchos años, su trabajo como calígrafo está fuertemente relacionado con el arte clásico de este país, y durante sus continuas idas y venidas ha conseguido traer piezas realmente valiosas por su contenido histórico y artístico. Pensar que aquellas piezas tan delicadamente talladas y pintadas, fueron en su origen piedras sedimentarias de algún río de China, nos ayudaron a comprender aún más la estima que los orientales sienten hacia ellas y entender entonces por qué se les otorga el nombre de “tesoro”, que, junto con el pincel, el papel y la tinta forman los conocidos “Cuatro Tesoros de la Caligrafía”.
   Otra cosa que llamó la atención fue la zona reservada a los trabajos del maestro, Tonomura Randen 殿村藍田, quién le cedió gran parte de su obra para que se hiciera cargo de su cuidado. Numerosos kakejiku, makimono y otras piezas sin terminar de tratar, se encontraban enrolladas ocupando apuradamente cada hueco de aquella gran estantería de madera de estilo chino antiguo (posiblemente lo fuera) y que ocupaba toda la superficie de una de las paredes, la cual parecía estar sustentada por pilas amontonadas a varias alturas de cajas y paquetes de papeles y libros de estudio.

Nuestro lugar de trabajo, dos mesas alargadas, más que suficientes para ser ocupadas por los doce nuevos y emocionados estudiantes recién llegados; una de ellas con una altura normal como para ser usada con sillas o banquetas, y la otra de estilo tradicional, más baja, para trabajar sentados en el suelo. Cubiertas por largos shitajiki de color azul oscuro casi negro, y dispuestas con todos los materiales necesarios para empezar, Hikita Sensei comenzó con las primeras explicaciones del trabajo que nos esperaba. Akiko iba traduciendo mientras nos mostraba varios ejemplos que el maestro había preparado para nosotros, y que luego pudimos elegir según nuestra preferencia, ya fuera por el significado o por la estética de la caligrafía. 

Se trataban de frases y palabras relacionadas con el budismo Zen, caligrafiadas en estilo regular kaisho, y presentadas todas en un mismo formato, dentro de la figura de un abanico. Después de conocer el significado de cada una de ellas y que cada uno se hiciera con la elegida para aprender, conocimos más acerca del estilo kaisho y sus variantes a través de ejemplos prácticos del propio maestro. Estas variantes del mismo estilo, que no tienen nombre, sino que son vinculadas con la época o dinastía a la cual pertenecen por su origen para así referirse a ellas, nos sirvieron además para observar una nueva manera de tomar el pincel (diferente a la que nosotros conocíamos y usábamos), la postura correcta del brazo y el movimiento que debíamos realizar con nuestro cuerpo para poder realizar cada trazo.

Un primer día de clase tan emocionante y
alentador, que, a pesar del cansancio que aún sentíamos después del viaje, hizo que nos costara dormir aquella noche.

En un posterior viaje a Kyoto, volví a visitarle, y durante una merienda ofrecida por el maestro en su casa-estudio, le hablé de la posibilidad de viajar a Japón con algunos de mis alumnos de Madrid para tomar instrucciones con él. Esta propuesta fue recibida con gran aceptación por su parte, y casi de inmediato, comencé con los preparativos con ayuda de mis amigas Akiko y Reiko, al llegar de nuevo a Madrid. 

Durante casi todo ese año estuvimos volcadas en la organización de un viaje de grupo, formado por algunos de los alumnos que aceptaron la invitación a acompañarme. 

Con el fin de aprovechar al máximo la finalidad del viaje, se nos ocurrió programar algunas actividades relacionadas con la caligrafía y pintura japonesas, como las visitas a algunas fábricas y talleres de producción artesanal de pinceles, papeles y tinta, de las cuales hablaré más adelante a través de otros artículos. 

Y después de mucho trabajo y una gran expectación, llegó el gran momento. Han sido quince días, sin duda, inolvidables para todos.
---------------------------------------------------------------
     
   Llegamos a Japón, después de un viaje largo pero muy divertido, un domingo, para comenzar las clases de shodo al día siguiente por la mañana. Akiko nos esperaba en la estación de Kyoto para acompañarnos a la casa de Hikita Sensei, ya que una de sus labores fue la de intérprete durante la duración de las clases. Yo estaba muy inquieta y con ganas de llegar ya a casa del maestro. Además, quería ver la cara de asombro de los alumnos al descubrir dónde íbamos a recibir las clases, sabía que se iban a emocionar muchísimo (igual que me pasó el año anterior a mí). Les había hablado mucho sobre aquella casa, una arquitectura de 300 años de antigüedad, la cual, a pesar de haber recibido algunas reformas, mantenía totalmente la estructura y estilo tradicional japonés. Al atravesar la puerta de la entrada, un ciruelo tan antiguo como la misma residencia nos recibía, y cruzando el noren de la casa, Hikita Sensei y su esposa Hiroko-san, nos estaban esperando sonrientes.


Ya en el mismo recibidor pudimos disfrutar de varias obras de caligrafía que colgaban de las paredes, muebles tallados de estilo chino antiguos, y cómo no, un ikebana acorde a la estación de otoño, que protagonizaba la estancia. 

    
   ¡Cuántas cosas estábamos aprendiendo ya, y sólo llevábamos una hora en su casa! Aún boquiabiertos, nos preparamos para subir a su estudio, para mí (y creo que para todos los que estábamos allí) el mejor lugar de la casa. La planta alta estaba destinada al lugar de trabajo de Hikita Sensei, con una pequeña oficina y su personal estudio. Subimos en fila india por aquellas empinadas escaleras de madera, atravesamos un pasillo flanqueado por una estantería-biblioteca, hasta llegar al que iba a ser nuestro espacio de trabajo durante varios días.

Antes de poder asimilar toda la información visual que nos estaba llegando y que no nos daba tiempo de digerir, el olor a tinta nos envolvió, haciendo que entráramos en un estado de relajación propicio para la práctica. Podría pasarme horas intentado describir este maravilloso estudio, que provoca de inmediato una fuerte necesidad de tomar los pinceles durante horas, porque todo lo que podías encontrar allí eran muestras de un largo bagaje de estudio y entrega a la práctica de las disciplinas de la pintura y caligrafías japonesas. 

Los colgadores de pinceles protegían las esquinas del fondo de la habitación, tan altos como una persona; y es que otra de las labores cumplidas por Hikita Sensei es la de asesorar sobre materiales de escritura y pintura a diversas fábricas de China, de modo que cada una de las muestras de pinceles a analizar y estudiar por él se encontraban allí presentes. 

Pinceles de todos los grosores y tamaños, de todo tipo de pelo animal, también de pluma y plumón e incluso de cañas de bambú machacadas en sus extremos para conseguir que sus fibras se comporten casi como un mechón de pelo rudo y despeluchado.

   Dos horas después de una práctica en riguroso silencio, uno a uno nos íbamos dirigiendo hacia donde se encontraba el maestro para que pudiera elegir de cada uno de nosotros la práctica que consideró mejor elaborada, y que más tarde recibieron de su mano el sellado con cada una de las piedras que había tallado él mismo para cada uno con un kanji que elegimos antes del viaje y que deseábamos utilizar a modo de apodo y firma. Al día siguiente nos mostró el resultado final mientras nos informaba de su intención en presentar estos trabajos en kakejiku, adornados además con una pintura suya y que se podrán ver en enero en la exposición anual que organiza el maestro con los trabajos de sus alumnos. Realmente nos sentimos halagados y emocionados con la noticia de formar parte de su grupo de alumnos y colaborar con una exposición en Japón, ¡qué honor!

Share by: